Cuentos y Relatos

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Arroyo Tagatiyá

La semana pasada, en busca de algún paraje alejado de la ciudad y con cielo limpio y estrellado, me tocó viajar a Concepción con mi marido y una pareja de amigos. Fuimos a una estancia eco turística (ahora pues así se les llama a los balnearios). Llegamos cerca de las 4 de la tarde, escogimos un buen lugar para acampar y bajar nuestras cosas. Ahí pasaríamos la noche.

A pesar de ser pleno día, el lugar de por sí era oscuro por la espesura del bosque, pero se podían divisar fácilmente los enormes arboles añosos y matorrales frondosos. El suelo estaba cubierto de hojas secas, árboles caídos y rocas de diversas formas y tamaños.

Se escuchaba el correr del agua y hasta el sonido aparente de una cascada, fuimos a investigar y encontramos entre piedras y malezas el más cristalino arroyo que vimos en nuestras vidas. Hacia un lado del paisaje una pequeña cascada y hacia el otro, aguas calmas y transparentes, cientos de pececitos nadaban en ellas.

Era una tarde muy calurosa, así que ni bien nos instalamos ya nos metimos al arroyo con el agua deliciosamente fría. La tarde pasó volando y se aproximaba la noche, el sol empezó a descender y pronto oscureció.

Quedamos en total oscuridad, pero no en silencio, el canto de las cigarras era ensordecedor, al concierto se sumaron pájaros, grillos y otros bichos.  Yo por supuesto, mirando a mi al rededor y prestando atención a cada detalle, creo que hasta sentí miedo de aquel escenario que se tornaba misterioso. ¿Será que hoy se me aparece el señor de la noche? Me estaba preguntando a mí misma cuando alguien me llama para ir a mirar el perfecto cielo estrellado.

Estuvimos los cuatro juntos mirando el cielo por unas horas ya que somos amantes de la astronomía, pero pronto nos ganó el cansancio y nos dispusimos a entrar cada pareja a su camping.

Las cigarras seguían cantando a pesar de ser ya cerca de la medianoche; igual me dormí en minutos, es un don que tengo.

Me desperté y miré mi reloj, eran las 03:08hs y ahí sí, todo era silencio y oscuridad… Ahora sí tengo miedo, pensé.

Traté de volver a dormir, como queriendo engañar a mi mente, pero las ganas de orinar no me dejaban ni estar acostada. Aguanté todo lo que pude pensando en que si salía no vería absolutamente nada de lo oscuro que estaba, tenía miedo, pero a la vez me intrigaba lo que podía pasar si salía… ¿Tendría mi primer encuentro con él? ¿Será que me va a asustar o hacer daño?

Me armé de coraje y salí de la carpa, caminé unos metros a paso firme alumbrando el sendero con la linterna de mi reloj, pero la luz era tan inservible que terminé caminando casi a ciegas y adivinando donde pisar. Me senté a orinar un el lugar que me pareció propicio y me sentí inmensamente aliviada.

Al terminar me paro en medio de la silenciosa oscuridad y caigo en la cuenta de que no sabía por dónde volver, no podía deducir con claridad el camino de vuelta a mi camping. Me habían parecido solo unos metros, sí, ¿pero hacia dónde? ¿Izquierda, derecha o recto?  Caminé unos pasos en línea recta, pero algo me decía que no era por ahí, me invadió el pavor, sentía que mis piernas se aflojaban, mis propios latidos me aturdían, intenté llamar a mi marido, pero no me salía la voz. Me asusté aún más, traté inútilmente de dar otro paso y no podía, el miedo me había paralizado, era consciente de eso, pero seguía ahí inmóvil con los ojos super abiertos y la respiración agitada. Tengo que moverme, pensé. No podía creer que me había perdido, era surreal.  Escuché un sonido, no tenía idea de lo que era, pero sentí como repentinamente mi piel se erizaba y como que algo pasó a mi lado sin tocarme y sin tocar el suelo. Poco a poco me incorporé a mi realidad y mi mente se aclaró. A lo lejos escuché un chillido… era un murciélago que pasó volando a la altura de mi cabeza y se alejó. Di un paso y decididamente di el siguiente, agudicé mi vista y alcancé a ver la forma de las dos carpas a unos 50mts. Todo miedo se había disipado, llegué a mi carpa, entré y me dormí pensando: El Pombero no me quiere conocer a mí.

Don Solano

A finales de los 90 trabajaba en un courier cerca de la Terminal de Asunción. Me tocaba el horario nocturno que comenzaba a las 14 y terminaba a las 22hs, o más tarde si había sobrecarga de trabajo.

Si salía a las 22hs. alcanzaba justito la última unidad de la línea 41 que me llevaba a mi casa, cerca del cementerio de la Recoleta. Si perdía esa unidad me tocaba caminar unos dos kilómetros ya que ganaba por trabajo a destajo y para taxis no sobraba. Mal horario, mala paga, pero era mi primer trabajo y como que no me daba cuenta de eso.

En una ocasión, vísperas del día de las madres, hubo mucho material que preparar para el reparto del día siguiente. Propagandas, tarjetas, cartas y hasta paquetes que dejamos listos para que salgan a primera hora del 14 de mayo. Así que salimos tarde…

Hacía mucho frio y para colmo caía una fina llovizna que me enfriaba hasta los tuétanos. A falta de paraguas estaba envuelta en un impermeable negro con capucha, calzaba botas tipo militar, de esas con cordones hasta el tobillo.

Sin más, me ajusté la capucha y empecé a caminar a paso rápido por Rca.Argentina. No cruzaban autos ni buses, ni personas. Tanta calma me generaba tranquilidad, aparte de la llovizna nada me molestaba… Eran otras épocas y uno hasta disfrutaba caminar a solas unas cuadras. 

Llegué hasta la iglesia Bautista y giré sobre la calle Pacheco, me dirigía hacia una zona que conocía bien, inmediaciones de mi ex escuela y colegio, podía recorrer esas calles con los ojos vendados sin tropezarme.

Ya faltaba poco para llegar cuando el silencio y la calma se rompen con el incómodo ruido de una alfombra de vidrios rotos que pisé sin querer. Parabrisas… Acá hubo un choque, especulé.

Miré a ambos lados para cruzar y al subir de la calzada me sacudí las botas por si tenían restos de vidrios y al mirar hacia adelante para seguir avanzando vi a unas dos cuadras la figura de un hombre. A medida que se acercaba se me hacía familiar su figura, pero no lo veía bien. Se dirigía hacia mí, por la misma vereda. Inminentemente nos íbamos a cruzar.

Empecé a sentir angustia por si se tratase algún asaltante, un demente o un borracho. Mi corazón palpitaba a mil por minuto, iba a cruzar a la otra vereda como una suerte de escape, pero no quería hacer ningún movimiento brusco. Estábamos a pocos pasos de distancia y al fin logro distinguir bien su figura. Suspiré profundamente y me tranquilicé.

Era Don Solano, un anciano conocido en el barrio, de esos que parecen nunca envejecer más de lo que ya estaba, alto y de tez clara. Lo veía casi todos los días de camino al colegio. Entre las compañeras siempre nos hacíamos bromas de que éramos novias de Don Solano, solo para joder.  

Tendría unos ochenta años, era un solterón y se rumoreaba que vivía aún con su mamá, que para ese entonces ya debía tener como cien años de edad, pero nunca supimos con certeza su historia. Siempre vestía saco y pantalones claros, lo más llamativo de su atuendo era su sombrero blanco; un sombrero de Panamá.

Su aspecto modesto era tan anacrónico como su comportamiento. Saludaba a todos amablemente sacándose el sombrero, mirando a los ojos y sonriendo, en su mente el tiempo se detuvo en 1920.

Como dije, venía directo hacia mí y disminuí mi marcha para saludarlo, deseaba incluso, entablar una breve conversación para saber qué hacía por la calle a esas horas y en plena llovizna.

Sin embargo, el espanto me sobrecogió cuando pasó justo a mi lado. Vi su rostro pálido y paralizado, su mirada perdida en el horizonte, sin parpadear ni inmutarse por mi presencia. Me abrazó una brisa helada y una vez más mis latidos aumentaron. Lo miré de atrás y vi algo todavía más tétrico, parecía flotar, vestido con su atuendo de siempre, sus botamangas estaban perfectamente limpias, pero no se veían sus zapatos ni sus pies descalzos.

No sabía si quedarme o salir corriendo, no me venía a la cabeza ninguna oración que me de valor, quedé pasmada por unos segundos luego el miedo me obligó a dar dos o tres pasos largos sin volver a mirar ni de reojo. Luego corrí casi hasta llegar a la calle empedrada sobre la cual quedaba mi casa.

-Vos también le viste, ¿verdad? Una voz masculina retumbó y me cuestionó. Provenía de la vereda opuesta, del balcón de un departamento que siempre se alquilaba. Miré hacia arriba y vi a un hombre barbudo fumando un cigarrillo. Seguí caminando sin responderle y me vuelve a hablar.

-Salí a fumar y le vi venir de hacia la cancha (Deportivo Recoleta). Hace dos días tuvo un accidente, un auto lo atropelló acá a cuatro cuadras. Ayer le enterraron hacia el portón 8…

Yo lo miraba apurando el paso.

-Pero no se quiere ir sin su mamá. Concluyó.

Apagó el cigarrillo y lanzó la colilla por el balcón, acto seguido se persignó y entró a su departamento.

Humo

Me vi empujando una gran reja en medio de una multitud furiosa, los veía aferrarse a las barras de hierro que componían la estructura de la enorme puerta. Tenía un candado imposible de romper.

Algunos me miraban y podía ver el terror en sus miradas, lloraban y gritaban cosas ininteligibles para mí, otros simplemente sacudían y golpeaban la reja cadenciosamente, otros estaban sin fuerzas tirados en el piso. Tenían la cara y la ropa cubiertas de humo negro, algunos con la cara surcada por las lágrimas y el sudor, sus manos llenas de sangre empuñando los barrotes.

Estábamos envueltos en una espesa humareda que cada vez se hacía más densa, no nos dejaba respirar, nos devoraba.

Repentinamente ya no veía ni escuchaba nada, solo sentía el peso de sus cuerpos sobre el mío presionándome contra aquella reja. Y en vez de salir quise volver a entrar, desesperadamente quise escapar de aquella turba, giré mi cuerpo y agachada puede salir de aquel episodio dantesco, pasando entre cientos de piernas.

De repente, estando agachada me doy cuenta de que el aire era menos denso ahí. Inhalé profundamente y me quedé acostada en el piso.

Desde ahí los veía hacinados frente a la reja, otros corrían por los pasillos envueltos en llamas, poco entendía lo que querían hacer. Me levanté lentamente y empecé a buscar refugio alejada de la multitud, un lugar donde no haya humo. ¡Tiene que haber! pensé.

Llegué a un sector donde estaban todos parados con la mirada hacia arriba, levanté los ojos y vi a algunos elevarse unos metros. Mis pies ardían, el dolor era insoportable y subía rápidamente por mis piernas, empecé a gritar. Luego sentí la necesidad de flotar y sorprendentemente lo hice… Me elevé lentamente, miraba hacia abajo y ellos seguían ahí, gritando, tosiendo, luchando por un poco de aire puro, envueltos en una manta de humo, ya no diferenciaba sus rostros. Solo unos pocos se elevaban a mi lado.

Pensé que en algún momento tocaríamos el techo, miré hacia él y no había nada más que una bóveda de luz cegadora.

A medida que subíamos dejábamos de sentir dolor, ya no escuchábamos sus lamentos ni veíamos sus caras desfiguradas.

Nos elevamos tanto que nos hicimos humo.

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